Mientras vibran y vibran las tiras de metal, y hacen retumbar sonidos en esa caja de madera, efecto producido por mi mano, se van acercando cada vez más recuerdos de cuando fui doblemente vivo, doblemente humano, doblemente sentido.Con el tiempo, las responsabilidades del ser mayor, adulto, responsable etcétera me generaron osteogénesis imperfecta en mis llamados palos de calcio de las artes, te guardé... guarde en tu forro, extravié las pajuelas, organicé extrañamente todos los poemarios en el orden de como fueron conseguidos, cual tesoro y cómo los disfrute, y cómo se disfrutaron tal cual crepúsculos con café y una buena conversación; quizá demasiados libros en ese momento para un joven de 18 años, el epicentro fue que con la dinámica de las manecillas consecutivamente imparables, te fui olvidando, más bien; las fui olvidando... a ellas, esas hermosas, esas tristes y alegres, bullosas, calladas, oportunas y extrañas...
Esas que me dieron todo a través del verme en nada, esas mismas que mi nada lo convirtieron en un poemario.
Tan desagradecido que llegué a extraviarlo, y hoy por hoy, solo recuerdo con impotencia, de saber que ahí, justo allí donde me me sentí más vivo, dónde me guindé a la vida...
fue donde menos, mi atención afinó acciones precisas.
Irónico, por el hecho de que muchos que les he llamado iguales, quizá tú que nos hemos visto o quizás no, pasamos tiempo reflexionando y actuando en base a los sentimientos en ocasiones, cosa que al final te construye o te aplica el efecto inverso.
A todas estás, éste paseo interno de risas y recuerdos, acciones, acierto y errores... audacias y fobias por un trayecto de tiempo, juegan hoy por hoy a un escarnio interno que yo lo transporto en palabras escritas, y tu le das una voz en tu mente a menos que sea yo el que te lo lea, ese es el nombre que le doy yo, sin embargo otros solo podrían llamarle:
Reflexión.
Las vertientes de la perspectiva
Srps
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